Todos los que han tenido hijos saben que en una familia siempre surgen frustraciones. A veces, algunos niños sienten más o menos celos de sus hermanos. Y, por lo general, la culpa la tiene la actitud involuntariamente torpe de los padres.
Ya os he hablado de mi hijo mayor, al que no le gustan las pegatinas.
Este driver suele ser indisciplinado, lo que me obliga a dedicarle mucha atención. Tengo que reeducarlo constantemente para que no se desvíe demasiado del buen camino. Si no, quién sabe por qué caminos tortuosos sería capaz de desviarse…
En cambio, mi putter es el buen alumno de la familia desde que empecé a jugar al golf.
Es el que siempre funciona como debe, el que nunca se salta las clases, el que respeta las reglas y sigue líneas perfectamente rectas.
Se espera de él que sea sensato y obediente, y lo es.
Lleva ya casi 20 años mostrando una actitud irreprochable en todas las circunstancias.
Mientras que su hermano menor, el driver, mucho más joven, hace lo que le da la gana, mi putter nunca decepciona.
No hace ruido, acaricia las bolas con mucha suavidad, las acompaña amablemente hasta el hoyo, dejando la indisciplina y la fantasía a su insolente hermano pequeño.
La injusticia es que, como en todas las familias, todo el mundo se queda boquiabierto ante las hazañas ocasionales del segundo, mientras que consideran banal e insignificante la actitud sana y recta del mayor.
Y supongo que, de vez en cuando, se le instala en la cabeza un sentimiento de injusticia y de falta de atención.
Cuando los niños reprimen durante demasiado tiempo este tipo de sentimientos, un día la válvula de escape cede y ya no pueden contener la rebelión que va en aumento.
Sin duda, eso es lo que le pasó a mi putter hace casi tres años. De repente, de la noche a la mañana, se volvió muy inquieto en cuanto lo cogía en la mano, girando en todas direcciones para desviarse de las líneas más sencillas y cortas, lo que provocaba en cada green tres o incluso cuatro putts improbables.
Una vez superada la sorpresa, busqué soluciones durante mucho tiempo. Tras dedicar mucho más tiempo a ocuparme de él, a intentar tranquilizarlo, a probar diferentes movimientos y contactos, pudimos retomar el diálogo, sin gritos ni enfados.
Sin duda fui lo suficientemente convincente como para que nuestra relación volviera a ser, poco a poco, lo que había sido durante todos esos largos años.
Nos llevó muchos meses.
Para que se sintiera más querido, también le di nuevas responsabilidades, llevándolo conmigo a la arena de los búnkers, a los pre-greens cada vez más lejos del hoyo, a veces a dar un paseo por el bosque, como ya expliqué en otro artículo hace algún tiempo.
Hoy mi putter parece volver a estar contento y me acompaña fielmente a la hora de detectar líneas y distancias cercanas a la perfección, y la media de putts está volviendo poco a poco a situarse por debajo de 36.
«La paciencia y el tiempo hacen más que la fuerza o la ira».


