El apodo más conocido de Tailandia es «el país de la sonrisa». Vivo en este maravilloso país y me siento muy afortunado. Pero todos los países son maravillosos, ¿no es así?
¿Y si tú también disfrutaras de tus sesiones de práctica en el «país de la sonrisa»?
No te estoy proponiendo que vengas a Tailandia a practicar (aunque… quién sabe).
No, sino más bien que traigas el «país de la sonrisa» a tu campo de prácticas.
Te lo explico.
Cuando veo swinguear a mi amigo Roger, a menudo lo veo, desde el backswing y durante toda la ejecución de su golpe, apretar los dientes y fruncir el rostro en una mueca extraña; lo menos que se puede decir es que, en el momento en que ejecuta su golpe, no está precisamente relajado.
También he observado a un señor anglófono con el que me cruzo todas las mañanas en el campo de prácticas.
Debe de tener más o menos mi misma edad y, para ser sincero, creo que le sale la bola más lejos.
¿Pero a qué precio? En cada uno de sus golpes, no solo frunce el rostro, sino que suelta una especie de jadeo de esfuerzo.
No hay duda de que sus swings son eficaces, ¡pero qué tensión!
No es raro que, tras encadenar unos cuantos golpes, necesite recuperar el aliento y descansar un poco.
Bueno, dicho esto, por lo general se va a descansar fumándose un cigarrillo; no es la mejor forma de hacerlo, pero eso ya es otro problema.
Hace ya algún tiempo que me di cuenta de que yo también tendía a hacer lo mismo: tenía la cara muy tensa al ejecutar mi swing.
Y eso que, por otra parte, buscaba la relajación en los movimientos del cuerpo, los brazos y las piernas, lo cual resulta un poco contradictorio.
Por cierto, os aconsejo que hagáis una prueba que a mí me ayudó a avanzar en este tema.
Seguramente soléis grabaros de vez en cuando durante vuestras sesiones de práctica.
Os invito a colocar el móvil en un trípode frente a vosotros y, en lugar de enfocar vuestro swing, hacer zoom sobre la zona donde se encuentra vuestra cara, realizar unos cuantos swings sin pensar especialmente en ello y luego ver el vídeo.
Para la mayoría de los jugadores resulta bastante revelador. Como mínimo, es probable que veáis una mueca extraña. Y, por una vez, esto también afecta a las mujeres.
Hace ya varios meses decidí incorporar a mis sesiones de práctica un elemento fundamental: la sonrisa.
Sonrío a todo:
– a los demás usuarios del campo de prácticas
– a la bola
– a mi palo
– a ese mono que cruza a lo lejos
– al pájaro que vuela sobre mi cabeza
– al sol
– al buen tiempo
– a la suerte de poder jugar al golf.
– a la suerte de estar en forma a los 66 años
– a la suerte de estar vivo a los 66 años
– …
Así que me entreno para sonreír durante mi rutina, para sonreír al apuntar y para sonreír durante todo el swing. Es muy probable que mi bola sea sensible a esa sonrisa, porque os puedo asegurar que, cuando sonreís, la bola sale más alta y más lejos, y sin ningún esfuerzo.
Por cierto, para vivir con la relajación y el buen humor que caracterizan a una sesión de práctica relajada, también puedes tararear durante toda tu rutina. Lo suficientemente bajo como para no molestar, claro está. Preferiblemente una canción alegre y positiva. Os recomiendo una de mis canciones favoritas, compuesta por Jean Ferrat con letra de Michelle Senlis y Claude Delécluse e interpretada originalmente por Isabelle Aubret: «Que c’est beau la vie».
¡Que disfrutéis del entrenamiento!
